“Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida, mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas“. Del libro “En el camino”
Bello fragmento testamento de Jack Kerouac
Un escritor fascinante
La primera novela de Kerouac, «El campo y la ciudad», veía la luz en 1950. En ella relataba sus dificultades para adaptarse a la vida en las grandes metrópolis. Pero lo mejor estaba por llegar. Su afán de rebeldía le llevó a emprender un viaje por todo Estados Unidos junto a Neal Cassady que acabaría desembocando en tierras mexicanas. Más tarde vertería esa experiencia en las páginas de «En el camino», novela que le encumbraría definitivamente como uno de los grandes de las letras norteamericanas y cuya redacción le llevó apenas tres semanas. Una velocidad de escritura que no era sino el reflejo de la rapidez con la que vivía Kerouac. Narrado por Sal Paradise, álter ego del escritor, el texto arranca presentando a Dean Moriarty, que no era otro sino Cassady, como instigador de las peripecias que ambos vivirían en esas desoladas carreteras que tantos lectores del libro han recorrido después tratando de emular sus aventuras. Chicago, Colorado, Utah, California Nueva York, Texas y, finalmente, México D.F. eran algunas de las paradas de este alocado viaje de autodescubrimiento en el que el jazz, el sexo y las drogas eran compañeros inseparables de los protagonistas.
Un relato que sigue fascinando medio siglo después de su publicación y que constituyó el cénit de la carrera de un escritor que no volvería a conocer un éxito similar pero que también encandiló con novelas como «El ángel subterráneo» o «Los vagabundos del Dharma».
Testimonios todos ellos de la genialidad de un escritor que nunca pudo emanciparse de sus demonios interiores y que acabó despeñándose hacia el abismo con la compañía del alcohol, del que no consiguió librarse ni yéndose a vivir a la casa materna de Northport, Long Island. Apenas tenía 47 años cuando un derrame interno, provocado por la cirrosis que padecía, acabó con su vida el 21 de octubre de 1969. Su tormento se extinguía pero su obra es imperecedera.